23.4.12

Tiempos Remotos.



Desde que tengo memoria mi padre ha sido un cuenta cuentos, con una imaginación desbordante y una capacidad de improvisación tan elocuente que hacía que niños random se acercaran a nuestra mesa en los restaurantes para escuchar sus historias.
Anécdotas como "El cerro del grano de la punta de la nariz" me acompañaron durante la infancia, y ahora después de recolectar varios cuentos escritos a lo largo de los años mi papá lanza su primer libro titulado "Tiempos Remotos" una colección de cuentos cortos con historias divertidísimas que van de lo cotidiano a lo absurdo y prometen sacarte una que otra carcajada.


La presentación del libro será este Jueves 26 de Abril a las 9.00PM en el Teatro Bar del restaurante Emporio (Calle 20 No. 59 A entre 1G y 1G-1 Col. México Norte. Mérida, Yucatán). Presentan Julio Nava, Carlos Martín y Roberto Azcorra.


Mientras tanto aquí les dejo uno de los cuentos para que se den una idea de lo que pueden encontrar.



"Por las Nubes."

La verde Mérida se va quedando atrás. El boeing 737 sube veloz y avanza con soltura, esquivando bancos de nubes entre el cielo azul y claro de la península de Yucatán.
      Al sentarme y colocar el cinturón de seguridad me invade una paz que presagia un sueñito, justo antes del despegue. 
      Al despertar queda tiempo por delante y enciendo el ordenador portátil. Voy a aprovechar y le escribo un correo a mi amigo Felipe para ponerlo al tanto de algunos sucesos, ocurridos en la tierra del Mayab. 
      Doy un sorbo a la Tecate, cuando escucho un anuncio.
      ─Señores pasajeros: Desde la cabina de pilotos el capitán Andariego informa que hemos iniciado nuestro descenso. Calculamos llegar al aeropuerto internacional de la ciudad de México en veinticinco minutos. El reporte meteorológico indica cinco grados Celsius, nubes a sesenta metros, visibilidad escaza. Calidad de aire cuatrocientos cincuenta puntos IMECA. Están reportadas ocho manifestaciones de maestros, sindicatos, estudiantes, perredistas, campesinos de Atenco, amas de casa, etc. sobre las principales avenidas. Hay bloqueos en la entrada de la carretera de Puebla y el periférico Norte presenta concentración desde Cuautitlán. La verdad, como para no llegar. Mantengan su cinturón cómodamente ajustado. Esperamos turbulencia ligera. ¡Pero, ánimo! Aún queda tiempo para solicitar su último trago. 
      Estoy por continuar mi mensaje cuando la azafata, portando ajustada falda azul, blusa garigoleada en blanco, con pañoleta  multicolor me interrumpe. 
      ─¿Gusta otra cerveza?
      ─¡Si, gracias!
      ─¿Puedo saber qué hace? 
      ─Escribo un mensaje para Felipón, un amigo que vive en Guanajuato.
      Paciente, con cara de ángel recién descendido me explica, con comedida voz: ─Iniciamos el descenso. No se permite el uso de equipos electrónicos en esta fase del vuelo.
      ─Intento en mí rostro una expresión similar y respondo: Estoy por terminar, no se preocupe.
      Pasan los minutos y me adentro en el relato.
      La sobrecargo ha traído mi Tecate. Pero comprueba que sigo escribiendo y el tono cambia. Exigente, me pide suspender de inmediato el uso del equipo. Insiste que puede interferir con los sistemas de navegación electrónico mecánicos de sustentación hidráulica y provocar un terrible accidente. Por último, recalca la autoridad del comandante del avión  para arrestar a quien no atienda las indicaciones de seguridad.
      Asiento nuevamente con mi mejor sonrisa, mientras ella se aleja, sin perderme de vista 
      No deseo contrariar al bomboncito aviador. Mucho menos me decomise la laptop o me reporte a las autoridades federales en el aeropuerto. Además, ¿para qué forzar la situación? Después de todo ni la conozco. Aunque si la conociera, pues también le haría caso. Como de todas maneras le voy a obedecer aunque no la conozca y apenas la estoy conociendo, le indico con mímica que sólo escribo el renglón final y rapidito cierro la...

       Con estruendo y un crujido sordo, el avión se cimbra de golpe. Un traqueteo  violento se apodera del ambiente. Todo se revuelve alrededor. Los compartimentos superiores de equipaje se abren. Los contenidos se dispersan. Me asomo por la ventanilla, para ver que se desprende un pedazo de ala izquierda. Parece que el piso de la cabina cruje y empieza a  rajarse, causando un efecto de succión. 
      ¡Qué situación! Ante la duda, termino el mensaje. 
      La aeronave se bambolea rítmicamente y provoca que la sobrecargo pierda piso y tropiece con una maleta que ha caído aparatosamente del compartimento superior. Aunque trata de conservar la vertical el impulso la lleva hasta la puerta delantera, quedando atorada, momentáneamente, entre la balsa de salvamento, que se acaba de inflar, y la puerta de la cabina de pilotos. La mujer logra sostenerse pero en la siguiente sacudida cae sobre  los útiles de cocina regados por el piso. A gatas, entre el humo de los cables de iluminación, tazas, botellas y sobrecitos de edulcorante, aparece ante sus ojos, un terrible y aparatoso cuchillo cebollero.
      Lo empuña sin dudar. “Ese imbécil de la computadora... ¡Se lo dije! ¡Se lo dije, carajo!  Pero esto no se va quedar así. ¡Ese cabrón me las va a pagar!”, la escucho gritar, mientras  afanosa trata de incorporarse. 
      Mortificado, acecho sobre el asiento delantero que me cubre.  Con el rostro descompuesto y la mirada extraviada, la mujer viene directamente hacía mi lugar, mientras muestra el arma amenazante en la diestra. 
      Ensayo otra mejor sonrisa, pero la señorita camina, no se detiene. Esquivando bultos y zapatos viene tras de mí. Llena de furia grita  algo que no alcanzo a entender. Su pecho agitado péndula en su blusa; los cabellos erizados, los ojos inyectados de rabia. Enloquecida.
      Para suerte mía, tiene que aferrarse de un asiento ocupado por una señora con rebozo de bolita, cuando el avión gira abruptamente hacia la derecha porque la salida de emergencia se desprendió, llevándose de paso el radar delantero.
      El techo de la cabina se raja dejando entrever rayos de luz. La ventana izquierda está reventando. Mi vecino, sin decir ni pío, se desprendió y vuela  allá lejos, con todo y asiento. 
      La brava mujer se ha repuesto y avanza decidida. ─Toda una vida cuidando detalles para ascender a mayor A y usted,  hijo de la chingada, echa a perder mi promoción en un segundo, mis alas de oro, el aumento y las rutas a Europa. Una vez que se investigue el incidente me puedo dar por despedida. ¡Ah, pero no!  Infeliz, nomás que lo tenga al alcance no se la va acabar─ me grita desesperada,  aferrando el cebollero.
      ¿Para qué explicar?  No tiene caso. No soy experto, pero, ¿a quién se le va a ocurrir que un jet moderno corra el peligro de desintegrarse por usar una compu? ¿Serán tan pendejos los de aeronáutica civil como para darles la licencia y el permiso de volar? ¿No que  hacen ni sé cuántas  simulaciones? A mí me vale si la fulana ésta piensa que  el jet se deshace por mi culpa; muy su problema. Ya me parece que revisó bien a los otros ciento treinta pasajeros o le pidió al anciano allá enfrente que apague su marcapasos o puta sí, que le apague la radiofrecuencia al guardia de seguridad. Muchos de ellos no apagan nunca su celular. Ahora, si lo que pretende es justificarse, buscar un chivo expiatorio y darme en la  madre está muy equivocada. ¡Ni que estuviera manco!
      Asustado, no quito la vista del arma que se acerca. Lo único que tengo al alcance son  las mascarillas de oxígeno. Las arranco. Hago un nudo charro con los tubitos de plástico, y las lanzo hacia el pasillo. Nunca he tenido buen tino, pero esta vez, para mi suerte, funciona. El indeciso paso de la azafata atora la punta de su zapato izquierdo en el flexible lazo. Cae de bruces nuevamente, sólo que esta vez hasta un agujero en el piso de la cabina. Proyectada,  se va deslizando hacía el vacío. Penosamente logra sostenerse.
      ─¡Óigame grandísimo imbécil! ¿Se da cuenta, hijo de la chingada, todo lo que ha causado? No tiene ni un gramo de madre. ¡Ayúdeme a subir!  ¡Deme la mano, no se quede como idiota! ¿Qué le cuesta, carajo? ─me increpa, furiosa y mentadora, pero sin soltar el cuchillo.
      Volteo hacia abajo, a mi derecha y miro fijamente sus ojos. Entiendo muy bien que su situación es desesperada, pero su tono de voz ha provocado en mí un inmediato rechazo. Para ser sincero, no tolero bajo ningún motivo, me pidan las cosas de esa manera. Además la amenaza del filoso instrumento sigue vigente. En esa escena, el avión inclina de nuevo la nariz hacia tierra. ¡Pero ah qué mujer tan necia! Por no soltar el arma, la mano que la sostiene da vueltas ahora junto con la llanta derecha.  Sonrío levemente, solidario de su situación mientras observo que sus fuerzas flaquean y desprendiéndose, se precipita  gritándome con todo su ardor: 
      ─Ojeteeeeee...  ¿meee oyeees...? ¡Túúú tambiénnnn... teeeee... vaaaas... aaaaaa... chingaaarrrrrr...! 
      Más relajado, me asomo y alcanzo a ver su mano derecha con la clásica  mentada de madre,  el cebollero en la izquierda, alejándose a toda prisa. 
      El  espacio abierto en el piso ocasiona un viento succionante que ha provocado que la señorita de adelante pierda sus ropas, dejando tan solo una tanguita lila, oscilando en su carne desnuda. Me mira apremiada, pero no encuentro a mi alcance algo que pueda taparle, así que sonrío comprensivo y le digo, moviendo los labios, que de todas formas se ve muy linda.
      Los alimentos flotan ahora en el entorno. Me decido por las entomatadas de pollo y una botella de Chardonay. Ya hace hambre, me digo. 
      Nunca me he visto en una situación tan complicada y presiento que el contacto terrestre se acerca, así que rezo instrucciones a la cabina de pilotos para que realicen un procedimiento suave y comedido.
      Tomo aire. Cierro Word. Apago la Toshiba. La guardo en su maletín, la coloco debajo de mi asiento. Subo la mesita de enfrente,  pongo mi respaldo en posición vertical, doy un trago largo al blanco y me ajusto el cinturón de seguridad. 
      Escucho un nuevo mensaje.
      ─Señores pasajeros, de lo que resta de la cabina de mando, quiero decirles que tenemos fuerte turbulencia encontrada con vientos indirectos. Sugiero mantener sus cinturones ajustados, especialmente tomando en cuenta que el timón de cola está partido en tres y que hemos perdido las ventanillas protectoras.

      Allá vamos, zangoloteando. La aeronave, sin tren de aterrizaje hace contacto con la panza, provocando un ruido ensordecedor mientras se desliza friccionante contra el concreto de la pista,  abriendo un surco del que brotan flamas y chispas de colores. Avanza sacudiendo ligeramente el ala derecha, que acaba por desprenderse desde la base. Finalmente se detiene entre nubes de humo que salen de la parte inferior del fuselaje.
      Aturdido, desabrocho el cinturón de seguridad con rapidez, tomo mi computadora y corro hacia  la salida de emergencia más próxima,  junto a los restos del ala izquierda.
      Decido no quitarme los zapatos. Uno nunca sabe qué tan rápido hay que correr y no es cosa de ampollarme los pies. Desciendo por el ala con precaución, descolgándome hasta el suelo. Camino a la terminal con paso veloz sin voltear a ver los auto tanques de los bomberos, las cruces rojas y ambulancias que raudas rodean los restos del avión.
      Al llegar a la puerta de entrada varios reporteros intentan entrevistarme, pero prudentemente rehuso hacer comentarios. Me encamino a la zona de reclamo de equipaje. Recojo mi maleta que, curiosamente es la única que está en la banda.  


3 comentarios:

  1. Monse Higareda23.4.12

    <3 <3 el cerro del grano de la punta de la nariz! como olvidar esa historia! me gusto mucho este cuento! no lo había leído completo!

    ResponderEliminar
  2. José Manuel Higareda G23.4.12

    Muchas gracias Alejandra por compartir tu espacio con el proyecto del libro. Me siento muy contento.
    Te quiero mucho Chanita
    Badunsky

    ResponderEliminar
  3. Ay llegue tarde para el post anterior pero lo comento aqui, me encantaron las fotos y el tema pero no se, como que tambien me exalta un poco, ya sabes, una mujer androgina y masculina puede llegar a ser cool o sexy, pero un hombre femenino o androgino es ridiculo y mal visto, porque? acaso es cool ser hombre y ridiculo ser mujer? creo que es algo que viene en nuestro codigo genetico, odiaria ver a mi novio en una camisa rosa, no se porque, pero no lo aceptaria, tampoco verlo en tacones o falda jaja que risa.

    En fin, lindo blog.

    ResponderEliminar

Share the love!